De repente todo cambió para
Johnny Smith. Luego de acompañar a su novia Sarah a su casa decide tomar un
taxi. Fue una pequeña decisión que produjo grandes cambios en su vida. Luego de
un choque frontal, sale despedido por el parabrisas. Johnny entra en un coma de
cinco años. Cuando despierta, su vida ya no es lo que era. Su madre pierde la
razón y su novia se ha casado y tiene un hijo. Pero lo peor de todo son
aquellas visiones que comienzan a perturbarlo. Con solo tocar a una persona o
un objeto que le pertenezca puede saber cosas de su vida: cosas que le han
pasado o cosas que le pasarán. ¿Un don o un castigo? Quizás ambas cosas a la
vez. Al principio, Johnny lo acepta pero progresivamente comprende que aquello
es algo que no buscó y que no desea. El solo quiere volver a su vida normal.
Muchos le escriben pidiéndole que les prediga el futuro, pero los ignora. Dios tiene para él un plan, había dicho
su madre antes de morir. Una frase que carecía de sentido hasta que su hijo se
cruza accidentalmente con Greg Stillson y estrecha su mano. A partir de allí,
su infierno lo consume con voracidad. Su salud comienza a deteriorarse y Johnny
Smith comprende que debe actuar con rapidez si quiere evitar que se cumpla lo
que aquella fatídica visión le ha mostrado cuando estrechó la mano de Stillman.
sábado, 18 de abril de 2020
miércoles, 15 de abril de 2020
CINE: Sinister, de Scott Derrickson
En
principio podría tratarse de una típica película de terror a lo Stephen King.
Tenemos a un escritor con una buena historia por escribir y posibilidad de
convertirse, una vez publicada, en una celebridad y “pasar al frente”. Para
lograrlo, se instala en una casa apartada de todo ubicada a la vera de una
carretera por la que no circula casi nadie. Tiene dos hijos: Ashley, a quien le
gusta llenar las paredes de su cuarto con extraños dibujos y Trevor, quien
sufre una especie de sonambulismo. Su llegada al nuevo hogar no es nada
auspiciosa. La primera visita que recibe es la del sheriff del lugar quien lo
invita amablemente a mudarse a otro lado. Sabe que es un escritor de casos
criminales y que ha llegado allí para investigar la muerte de toda una familia
(salvo una de sus hijas que permanece desaparecida). El policía no quiere que
alguien venga a revivir una historia que la comunidad intenta olvidar. Pero
Ellison, el escritor en cuestión, persistirá en su intento por más que el
policía quiera sacarlo del medio. Sabe que la masacre de esa familia es la
historia que necesita escribir para reivindicarse como escritor. A todo esto
hay que agregar que la casa en la que acaba de instalarse es aquella en donde
han muerto cuatro de los cinco miembros de aquella familia, colgados todos de
la rama de un árbol ubicada en el fondo del terreno. El prefiere investigar in situ, en el mismo lugar de los
hechos, solo que esta vez le ha ocultado ese detalle a su esposa. Lindo coctel
para empezar. Pero cuando Ellison descubre en el ático de la casa una caja que
contiene un proyector y unas latas de viejas películas en súper 8, ya nada será
igual para él. Ni para su familia.
Algunos elementos que hacen que esta
sea una buena película de terror: una banda de sonido que ayuda a la creación
de climas; el uso eficaz del fondo de campo (da la sensación de que lo esencial
sucederá allí y no en lo que está en primer plano); el uso de los claroscuros
que ayudan a mantener la tensión; los maquillajes y la actuación de Ethan
Hawke, quien supo interpretar la obsesión del personaje de manera convincente.
Otro de sus méritos es que Sinister
no abusa de los golpes de efecto. El espectador no pega demasiados saltos en la
butaca, pero jamás dejará de sentirse perturbado ante una historia por demás
inquietante.
Mario
D. Foffano
CINE: Essential killing, de Jerzy Skolimowski
No aporta
mucha información la trama sobre el personaje central de esta película.
Suponemos que es un guerrillero musulmán. Tal vez las escenas iniciales
transcurran en algún desierto de Afganistán o de Irak. Tampoco sabemos cómo se
llama. Lo único cierto es lo que nos muestran las imágenes. Ha matado a tres
soldados estadounidenses. Es capturado y torturado. Luego lo trasladan a un
país de Europa del este, pero el vehículo que lo transporta se desbarranca y en
la confusión logra huir. A partir de ese momento comienza un raid de
supervivencia, el corazón mismo de la película, su esencia. De eso se trata
Essential killing, de un hombre desesperado que intenta huir de su trágico
destino en un ámbito adverso y que no conoce. Lo único que tiene es su instinto
y su decisión de aguantarse lo que sea con tal de no caer en manos de sus
perseguidores. Prefiere la incertidumbre de esa fuga alocada que de entrada se
percibe como imposible. Prefiere el frío, las heridas, el hambre, el viento
hostigándolo. Prefiere matar a quien sea que se cruce por su camino antes de
arriesgarse a ser descubierto. Prefiere descender a los infiernos, convertirse
en un animal, lo que sea antes de perder su libertad.
Essential killing es una historia de
supervivencia. Nada más que eso. No hay desarrollo de personajes. No hay perfil
psicológico. La película es puro instinto, pura animalidad, puro deseo de
sobrevivir. Todo es el aquí y el ahora. No hay pasado. Solo un presente
caótico. La soledad de un ser que deambula sin destino por una tragedia
anunciada.
Mario D.
Foffano
LIBROS: Carrie, de Stephen King
Carrie
no fue la primera novela que Stephen King escribió, pero sí la primera que este
prolífico productor de best sellers publicó allá por el año 1974. Parece ser
que no estaba para nada conforme con su trabajo y, según lo que el mismo autor
cuenta en Mientras escribo (On writing), su esposa recuperó el
borrador del cesto de la basura y lo estimuló para que lo continuara.
La historia transcurre, como en la
mayor parte de las novelas de King, en el estado de Maine, en un pequeño pueblo
llamado Chamberlain. La protagonista es Carrie White, adolescente a punto de
graduarse, una especie de paria de su curso, el objeto de todas las burlas, la
típica desplazada por sus pares por ser distinta, callada, introvertida. La
novela comienza cuando Carrie sufre su primer período menstrual mientras se
está duchando junto a sus compañeras luego de la clase de educación física.
Sorprendida y sin comprender lo que le estaba pasando (su madre es una fanática
religiosa que considera pecaminoso todo lo que está referido a la sexualidad y,
por lo tanto, jamás le enseñó que las mujeres menstrúan), pide ayuda pues cree
que se está desangrando, pero sus compañeras la humillan lanzándole toallas
higiénicas y tampones.
El hecho traumático le hace
comprender a Carrie que su madre ha vivido ocultándole demasiadas verdades y
que todo aquello que considera tabú o “sucio”, es algo absolutamente normal
para el resto de sus pares. Pero hay algo más en Carrie, algo que la ayuda a
contrarrestar esa violencia física, verbal y moral a la que es sometida, tanto
por su madre como por sus compañeras de curso. Tiene poderes telequinéticos,
esto es, la capacidad de mover objetos a través de su fuerza mental.
Carrie intenta integrarse socialmente, pero ni
sus pares ni mucho menos su madre, están dispuestos a aceptarla. Ante esta
situación es fácil intuir que el monstruo no tardará en aparecer, y ése se
perfila como el tema central de la historia: los monstruos que la misma
sociedad engendra y que a la larga terminarán por destruirla. Carrie es víctima
de un entorno excesivamente cruel, del maltrato al que la someten y de la
interminable serie de humillaciones que ha debido soportar a la largo de su
vida. Cuando los hechos se precipitan y la cruel broma que Chris Hargensen y
sus secuaces han tramado para el momento cumbre del baile de graduación, dará
rienda suelta a su venganza y ya será demasiado tarde para expiaciones o
disculpas. El monstruo ha sido liberado y solamente la venganza total será
capaz de detenerlo.
La multiplicidad de fuentes le otorga
a la novela un carácter coral. En efecto, en ella encontramos extractos de
notas periodísticas, fragmentos de libros de investigación, artículos
publicados en diversos medios, testimonios de los sobrevivientes de la tragedia
y hasta transcripciones de las frases talladas en los bancos del colegio a
donde acudía Carrie White. Todas estas voces intentan otorgarle veracidad a la
historia, darle un estatuto de realidad. Algunas fuentes son complementarias de
otras, por ejemplo, el artículo “El negro amanecer de la telequinesia” amplía
la noticia periodística con la que empieza la novela, “Lluvia de piedras en
Chamberlain”. Todos estos discursos están intercalados entre una narración en
tercera persona que va refiriendo los hechos de manera fragmentaria. Al final,
todos los discursos se complementan y le dan una totalidad a la historia.
El tópico es bastante común dentro
de la cultura estadounidense, sobre todo en el cine de terror: ámbito de
colegio secundario, con adolescentes como protagonistas, víctimas todos ellos
de muertes espantosas. Quizás aquí esté la clave del éxito de esta novela que
no va mucho más allá de la mediocridad. King, en sus comienzos, había insistido
con tramas protagonizadas por adolescentes conflictuados. Cuando publicó Carrie, tenía inédita dos novelas que
publicó posteriormente con el pseudónimo de Richard Bachman. Una de ellas es La rabia[i],
protagonizada por un joven esquizofrénico que mantiene secuestrada a toda su
clase para impedir que lo encierren en un correccional por haber agredido a su
profesor. La otra es La larga marcha[ii],
una historia futurista en la que un adolescente participa, junto con otros
jóvenes, de una larga caminata en la que cada uno se juega la vida en pos de un
triunfo que les deparará fama y dinero. Finalmente fue Carrie el inicio de su exitosa carrera. Luego vendría una
seguidilla de títulos, a mi juicio, mucho más interesantes: El misterio de Salem’s Lot, El resplandor,
La danza de la muerte, La zona muerta, entre otros. King deja de lado a los
adolescentes y elige otras temáticas: el vampirismo, la locura, el apocalipsis,
la revelación de un futuro inquietante. El resultado es una narrativa mucho más
compleja que la de su novela iniciática, alejada de los estereotipos y clisés,
con tramas mucho más trabajadas y personajes mejor construidos.
Mario D. Foffano
jueves, 27 de febrero de 2020
LIBROS: El ejército de ceniza, de José Pablo Feinmann
El
teniente Julián Quesada ha combatido en Ituzaingo, pero la gloria del triunfo
parece resultarle ajena. Cuando regresa a Buenos Aires pasa sus días entre
aburrido y quejoso. En el Café de la Victoria protagoniza un altercado con el
doctor Nicasio Costa, padre del teniente Juan Ramón Costa a quien Quesada ha
acusado públicamente de cobarde. La ofensa no pasa desapercibida para Nicasio
Costa, quien lo reta a duelo para lavar el honor de su hijo. Ambos se enfrentan
en los bosques de Palermo y Quesada sale vencedor.
Corría
el mes de noviembre de 1828. Son las semanas previas a la caída de Dorrego y su
posterior fusilamiento. Se anticipa un baño de sangre. La vida de Quesada corre
peligro no solo por la situación política convulsionada sino también por los
potenciales vengadores del doctor Costa. Para su protección, el coronel Lagos
lo envía a una misión. Debe llegar hasta el fuerte en donde está recluido el
coronel Andrade con su tropa, un héroe de las guerras por la independencia.
Debe entregarle una carta y ponerse bajo sus órdenes. Será acompañado hasta el
lugar por el rastreador Andrés Baigorria, un hombre que conoce el desierto como
la palma de su mano. Al principio el coronel Andrade su muestra evasivo. Es una
figura misteriosa y esquiva que elude el contacto con los habitantes del fuerte
y que se recluye en su cuarto. Pero cuando su mano derecha, el teniente
Velásquez, regresa de Buenos Aires con las nuevas órdenes, cobra un inusitado
protagonismo.
Lavalle
ha derrocado a Dorrego y se hizo cargo del gobierno de Buenos Aires. El
gobernador depuesto huye pero es perseguido y fusilado en Navarro. La orden que
Velásquez le trae de la ciudad es defender el orden y la civilización.
Aniquilar a las bandas que asolan el desierto, que roban estancias y que matan
a los hombres, mujeres y niños. Una de ellas es la que comanda Ángel Medina,
“el demonio más temible del desierto”, un asesino y ladrón de hacienda. Para
ello Andrade organiza un ejército de 200 hombres y con el saldrá al desierto
para perseguirlo. A partir de allí el relato se transforma en una narración
alucinada, casi pesadillesca, en donde el regimiento comandado por Andrade se
lanza a la persecución de un enemigo que parece no existir, pero que va dejando
a su paso las huellas de su devastadora crueldad.
El
heroísmo, los enemigos internos configurados por el aparato estatal, la locura,
el desierto como escenario privilegiado (tantas veces utilizado en las obras
decimonónicas fundadoras de nuestra literatura), la amenaza de la barbarie
sobre la civilización (en los términos del debate establecido en el siglo XIX
entre ambas categorías), son algunos de los ejes de lectura que propone esta
novela de José Pablo Feinmann.
Ubicada
en el contexto de la guerra con el Brasil por el control de la Banda Oriental, la
narración se adentra en uno de los tantos momentos claves de nuestra historia
para reflexionar sobre el sentido de la guerra, el destino de los héroes, la
soledad y la muerte. Texto nacido en el cruce de distintos géneros, en donde se
amalgaman la novela de aventuras con la histórica bajo una impronta de tintes
metafísicos, El ejército de ceniza,
publicada por primera vez en 1986, es también la historia de una épica negativa
y el reflejo de una época que no escatimó violencia y sangre.
Mario D. Foffano
sábado, 8 de junio de 2019
LIBROS: 1984: apuntes de una contrautopía
Así como en el
siglo XIX Julio Verne fue una especie de cronista de la ciencia, un escritor
que supo captar la coyuntura de su tiempo y documentarse exhaustivamente antes
de trazar cada una de sus ficciones, George Orwell, en el siglo XX, asimiló la
experiencia de lo que fue el stalinismo en la Unión Soviética, el fascismo en
Italia y el nazismo en Alemania para extrapolar en su novela muchas de las
prácticas que estos sistemas totalitarios implementaron en sus respectivos
países. En el caso de Verne, las mayorías de sus ficciones se han cumplido y en
ese hecho reside el éxito y la vigencia de las mismas. La realidad las
respaldan, las legitiman y se constituye en su correlato fiel. El viaje a la
luna es posible, los submarinos se han transformado en una maquinaria de guerra
sofisticada y la vuelta al mundo puede darse en mucho menos de ochenta días. No
ocurre esto con la novela de Orwell. El stalinismo, el fascismo y el nazismo
son sistemas políticos perimidos. Por lo tanto, la ficción de 1984, basada en dichos sistemas, no goza
del estatus de las de Verne porque no resultó ser el reflejo de la realidad.
Sin embargo, tal como sostiene Gamerro, éste es el triunfo de la novela. Se
puede pensar que Verne escribía con la intención y el deseo de que sus
ficciones se proyectaran en la realidad. Del mismo modo, podemos razonar que
Orwell lo hacía buscando el fin contrario.
Durante la primera década del siglo
XXI ha sido el cine el encargado de inquietarnos con sus ficciones
anticipatorias de un mundo para nada agradable. Antes de la llegada del año
2000 existía el temor sobre el posible final de la humanidad una vez concluido
el segundo milenio. El peligro de un holocausto nuclear estuvo latente hasta el
fin de la guerra fría, cuando cayó la Unión Soviética. Hay una extraordinaria
película de Sidney Lumet de 1964 llamada Fail-Safe
que habla sobre esta posibilidad de una manera muy inquietante. Sin embargo el
2000 llegó y los temores sobre el fin de la humanidad se disiparon rápidamente,
aunque no por mucho tiempo. El cine industrial retomó el tema y produjo grandes
mainstreams destinados a revivir los miedos que creíamos superados y a recaudar
suculentas sumas. En algunos casos fue necesario establecer una fecha que
marcara un nuevo fin del mundo. Dicha fecha es ahora el 2012, título también de
la película que rescata una antigua profecía maya que sitúa el final de los tiempos
en dicho año por causas atribuías al calentamiento global. El día después de mañana (The day after tomorrow, 2004), Cuenta regresiva (Knowing, 2009), La carretera (The road, 2009), El libro de los secretos (The book of Eli,
2010) son algunos títulos que, desde distintas perspectivas, insisten con esta
temática apocalíptica.
Pero volvamos a la novela de Orwell.
¿Qué es lo que tiene de inquietante esta ficción? Repasemos algunos de sus
elementos.
El mundo está conformado por tres
superestados que viven en permanente guerra: Oceanía, Eurasia y Estasia. La
acción de la novela se desarrolla en el primero de ellos. Luego de un
movimiento revolucionario se instaura en Oceanía una nueva sociedad comandada
por el Hermano Grande, figura única y todopoderosa. Los logros políticos son
producto de su inspiración y dirección. Nadie lo ha visto nunca. Su figura
aparece en los carteles y su voz se escucha en las telepantallas que todos los
ciudadanos tienen instaladas en sus viviendas. Le siguen en jerarquía los miembros
del consejo, una entidad formada por la clase dirigente que goza de todos los
privilegios. Luego están los miembros del Partido y por último, los plebeyos
una masa de ciudadanos que llega al 85 por ciento del total de la población y
que no tienen expresión ni son admitidos en las filas del Partido. Esta es la
única capa social capaz de derribar al Partido, aunque para ello es necesario
que todos sus integrantes tomen conciencia de su potencial.
La lengua oficial de este
superestado es el neohabla, una
herramienta concebida para limitar el pensamiento de las personas. Los vocablos
que estén reñidos con el dogma partidario se eliminan y las ambigüedades y la
variación de acepciones se limitan.
La manipulación del pasado es una práctica establecida. El pasado es a
la vez alterable e inalterable y la verdad de hoy es la verdad de siempre. Si
hay que modificar el registro histórico para adecuarlo a la realidad, existe un
ministerio dedicado a esta tarea: el Ministerio de la Verdad, cuya función es
la manipulación y destrucción de los documentos históricos para que las
evidencias del pasado coincidan con la versión oficial sostenida por el Partido.
Los medios de comunicación también contribuyen en esta tarea modificando el
registro de los discursos del Hermano Grande en el caso de que sus predicciones
resulten fallidas. La telepantalla muestra una realidad social muy diferente a
la que se vive. Las estadísticas que difunden hablan de un bienestar
inexistente.
El odio hacia los enemigos del Partido se promueve, se difunde
inclusive en los más pequeños quienes son capaces de delatar a sus padres si
estos constituyen un peligro que pone en riesgo el status quo. Pero el mayor esfuerzo del estado se enfoca en combatir
la figura de Goldstein, jefe supremo de una red de conspiradores llamada La
Hermandad, que opera en forma clandestina para derrocar al gobierno. Es también
el autor de un supuesto libro que circula secretamente y que constituye una
especie de credo de esta organización secreta.
El individualismo se niega. Cualquiera que buscase un momento
introspectivo o se apartara de la comunidad en busca de soledad, es considerado
sospechoso. El placer sexual se suprime. La Liga Juvenil Antisexual promueve el
celibato entre hombres y mujeres. La castidad femenina es una virtud. Las
mujeres célibes llevan una insignia que las identifican como castas. El
erotismo es el principal enemigo tanto dentro del matrimonio como fuera de él.
Oficialmente, la finalidad de la sociedad conyugal es la procrear hijos que
sirvieran al Partido y el mero contacto sexual entre los esposos, sin que
existiera la finalidad de la procreación, está provisto de un carácter
repulsivo. No obstante esto, la prostitución estaba tácitamente aprobada por
las autoridades, puesto que constituye una válvula de escape para ciertos
instintos imposibles de eliminar de un modo absoluto.
Los libros editados antes de la revolución eran requisados y
destruidos. El único material de lectura que circulaba eran novelas producidas
en el Departamento de la Fantasía del Ministerio de la Verdad, especies de
mercancías que se fabricaban como cualquier artículo de consumo. Las letras de las canciones se componían con un
aparato llamado versificador sin que en el proceso intervinieran las manos ni
la imaginación de las personas.
Los principales métodos de vigilancia y control eran los micrófonos y
las telepantallas ubicados tanto en los lugares públicos como privados. A
través de esta última, el gobierno transmitía sus mensajes y a la vez
registraba la imagen y la voz de las personas aun cuando éstas estaban
recluidas en su intimidad. Las mujeres afiliadas al Partido oficiaban de espías
y delataban cualquier actitud que se desviara de la estricta ortodoxia
gubernamental. Los helicópteros sobrevolaban la ciudad escrutando el interior
de las viviendas a través de las ventanas. La Policía del Pensamiento vigila
estrictamente a cada uno de los ciudadanos.
El pasado oficial, es decir, el que establecía el Partido como única
verdad era irrefutable no solo porque los registros escritos se actualizaban
constantemente para adecuarlos al status
quo imperante, sino también porque los ciudadanos tenían escasos recuerdos
de los tiempos prerrevolucionarios. Winston, el protagonista principal, no
podía recordar el aspecto de Londres durante su infancia y el anciano con el
que se reúne en una taberna no puede recordar como era la vida antes de la
revolución. Solo podía evocar cosas intrascendentes, pero de lo esencial, nada.
Por lo tanto, al no haber términos de comparación había que admitir como cierto
lo que el Partido decía: que la revolución había mejorado la calidad de vida.
En este contexto, dos de los protagonistas principales de la historia,
Winston y Julia, se encuentran clandestinamente en un cuarto alquilado sobre
una tienda en las afueras de Londres. Ambos son empleados en el Ministerio de
la Verdad y afiliados al Partido. Ella trabaja en el Departamento de la
Fantasía manipulando una máquina que fabrica novelas. El se dedica a corregir
los registros escritos para que el pasado esté adecuado a los lineamientos
establecidos por el gobierno. Ambos se sienten sofocados por la situación en la
que viven y esos encuentros les proporcionan una especie de oasis de libertad
en el que pueden hablar y expresarse sin temer a los micrófonos ocultos y a las
telepantallas.
Winston y Julia se oponen al modo de vida surgido tras la revolución,
pero carecen de las ideas y de los medios para encarar una lucha efectiva
contra un estado de cosas que los anula y sojuzga. No saben de qué manera
llegar a La Hermandad y tampoco tienen la certeza de que esa organización
existe. Julia es una falsa militante, una simuladora que aparenta apoyar al
régimen por conveniencia. En realidad, ni siquiera conoce la doctrina contra la
cual el gobierno está luchando y apenas tiene una vaga idea acerca de
Goldstein. Su conciencia fue modelada por la revolución, por lo tanto, para
ella el Partido es una entidad invencible contra la que es inútil luchar. Una
contrarrevolución es inviable. Solo es posible la desobediencia clandestina y
la ejecución de algunos hechos aislados de violencia en perjuicio del orden
imperante. El futuro es una quimera y solo es válido vivir y gozar del
presente. Como a su entender no existe posibilidad de éxito para una rebelión,
su postura es individualista, apolítica y escéptica. Winston, en cambio, si
bien considera que es imposible cambiar el estado de cosas en lo que les resta
de vida, cree en la posibilidad de organizar una resistencia capaz de operar
efectivamente a futuro. La superación de la situación actual es posible a largo
plazo, abonándole el terreno a las futuras generaciones para que lleven a cabo
el triunfo total sobre la revolución.
Pero sin lugar a dudas la zona más inquietante del texto es aquella en
donde descubierta la relación clandestina entre Winston y Julia, ambos son
detenidos y confinados al Ministerio del Amor (institución que se ocupa del
orden y de la legalidad), para someterlos a un proceso de reeducación que hará
de ellos a dos nuevas personas. Este proceso consta de tres etapas. En la
primera de ellas, los detenidos deben aprender que la realidad solo existe en
el entendimiento colectivo de lo hombres, no en el de los individuos aislados.
La realidad solo puede comprenderse a través de los ojos del Partido y para
lograr eso es necesario que los individuos realicen un acto de vasallaje, de
autosupresión y un esfuerzo de voluntad. Ese el precio que cada uno debe pagar
para obtener la “lucidez”. A través del entendimiento individual 2 + 2 es 4. A
través del entendimiento colectivo puede ser 3 o 5. El mundo existe a partir de
la existencia del hombre. Antes de la aparición del hombre no existía el mundo
y si en el futuro la raza humana desaparece de la faz de la tierra, con ella
sucumbirá también el mundo. Los fósiles de los animales extinguidos que
habitaron la tierra antes de la aparición del hombre, son una invención de los
hombres de ciencia del siglo XIX. La realidad no es, pues, algo objetivo y
carece de existencia corpórea.
La tortura tiene como finalidad generar hombres nuevos. Para lograr eso
no bastará con que el detenido confiese sus delitos. El objetivo final es su
transformación ideológica. El arrepentimiento del detenido debe darse no por
temor al tormento, sino como un acto de contrición sincera. La tortura no debe crear
mártires como en la época de la inquisición, sino hombres nuevos, adeptos
incondicionales al régimen no solo en apariencia, sino también en cuerpo y
alma.
En la segunda etapa los detenidos deben comprender que el nuevo mundo
que pretende construir el Partido es un mundo basado en el sufrimiento. El que
detenta el poder será capaz de causar en el otro dolor y humillación para
anular su entendimiento y volver a reconstruirlo de acuerdo a los preceptos del
Partido. El nuevo mundo será un mundo de temores, en el cual los tormentos se
irán perfeccionando hasta evolucionar hacia formas más perfectas de
sojuzgamiento. Las sociedades basadas en la justicia y en la fraternidad serán
destruidas y reemplazadas por otra fundada en el odio. No habrá vínculos entre padres
e hijos, entre cónyuges o entre amigos. No habrá amor y fidelidad entre los
hombres, salvo hacia el Partido y hacia el Hermano Grande. Por lo tanto el
nuevo mundo será un mundo basado en el sufrimiento como manera de subordinar la
voluntad del otro y de destruir su entendimiento individual para sumarlo al
colectivo.
Finalmente el detenido debe aceptar que la realidad debe enmarcarse
dentro del entendimiento colectivo del hombre. La cuestión es capitular,
rendirse ante el hecho de que es imposible luchar contra el Partido. El pasado
es a la vez modificable e inmodificable. El propio Winston, que creía que algún
tipo de salida era posible, termina rendido ante la verdad oficial, y aunque
persisten en su memoria algunos indicios que contradicen aquella verdad,
concluye que son meros equívocos, aberraciones mentales incapaces de refutar la
realidad incuestionable del Partido.
MDF
jueves, 15 de marzo de 2018
LIBROS: La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre
En
un fragmento de su Narrative of surveying
voyages…[1]
Robert Fitz Roy relata cómo, durante su primera expedición al mando del Beagle, embarcó y llevó a Inglaterra a
un grupo de indios fueguinos con el fin de asimilarlos a la cultura británica.
Luego de dos años de permanecer en la vida civilizada, Fitz Roy decide, cuando
le encomendaron un segundo viaje al sur patagónico, devolver a los nativos a su
tierra natal. De este modo Fuegia Basket, York Minster y Jemmy Button, los indios
en cuestión, fueron regresados al ámbito en el que habían nacido. Dicho
reencuentro es narrado a través de dos instancias. La primera de ellas da
cuenta de la respuesta que tuvieron los nativos reinsertados en su propio medio
al encontrarse nuevamente con sus parientes y demás miembros de su tribu. En la
segunda se registra, luego de un año de aquel regreso, los efectos que produjo,
en los tres nativos, la reinserción a su entorno luego del proceso de
aculturamiento al que fueron sometidos.
Dice Adolfo Prieto sobre este
segmento del relato de Fitz Roy: “La crónica encierra, como se advierte, los
gérmenes de una novela antropológica, y aunque el narrador carece de la
experiencia, y si se quiere, de la legitimación convencional del género, es
innegable, por el espacio que le concede y la morosidad con que se aplica a la
reconstrucción de este episodio, que el cronista entendía que sus historias
apuntaban a no otra cosa que al diseño de una novela cabal.”[2]
El experimento civilizador de Fitz Roy
fracasa puesto que los indígenas retoman las costumbres y los hábitos que
tenían antes de ser llevados a Londres. Además de esto, tres décadas más tarde, los yámanas, tribu a
la que pertenecían los indígenas en cuestión, masacran a una tripulación de misioneros
ingleses, hecho que da lugar a un proceso judicial en las islas Malvinas. Hasta
aquí la parte histórica de esta novela de Sylvia Iparraguirre. La autora
narrará estos acontecimientos, pero desde un punto de vista diferente al de
Fitz Roy, y para hacerlo crea un personaje testigo, John William Guevara, hijo
de un inglés y de una criolla nacido en la pampa argentina. Será él el que narrará
la historia de estos tres indígenas y del proceso judicial al que es sometido
uno de ellos, Jemmy Button, no desde el punto de vista “civilizador” sino desde
la óptica de una raza sometida y condenada a la aniquilación.
John William Guevara, hijo de padre
inglés y madre criolla, recibe una tarde en su casa de Lobos una carta
proveniente del Almirantazgo de Londres. En ella se le solicita, en calidad de
testigo directo, que escriba una relación con los pormenores del viaje que
devolvió a los tres indios yámanas a su tierra natal y el posterior destino de
Jemmy Button, quién habría participado en la matanza de la tripulación de la Allen Gardiner, un barco misionero,
hecho por el cual fue juzgado en las Islas Malvinas. A poco de iniciada la
relación, Guevara comprende que contar la historia de Jemmy Button es contar
también la suya, y que, sean cual fueren las motivaciones del Almirantazgo para
solicitarle dicha relación, la historia que guarda en su recuerdo es suya y
como tal le pertenece. Por lo tanto, el relato que escribirá será sobre la
captura y posterior destino de Jemmy Button tanto en su estadía en Inglaterra como
en su posterior reinserción en su patria. Pero también será el relato de la
vida del propio Guevara, de sus años de servicio en la armada inglesa y de su
definitiva instalación en la pampa argentina.
A lo largo de la novela se advierten
ciertos tópicos propios de la literatura decimonónica argentina y, en
particular, de la literatura de viajeros. Uno de ellos es la inversión del
esquema sarmientino civilización y barbarie (algo muy presente, por ejemplo, en
la obra de Lucio V. Mansilla Una
excursión a los indios ranqueles). Cuánto hay de civilización en la
barbarie y cuanto de barbarie en la civilización es una de las preguntas que el
texto de Mansilla se formula constantemente y que la novela de Iparraguirre
también plantea. La contraposición entre las descripciones de Londres y las
tierras de Jemmy Button es un claro ejemplo. Sobre Londres, John William
Guevara escribe: “El hacinamiento de una multitud en casas parecidas a sótanos,
negras como cuevas rezumantes de humedad, no era mejor que el desierto que yo
había dejado. En esas casas, mujeres de pecho hundido parían chicos flacos que
arrojaban a la calle, y que no bien aprendían a caminar llevaban ya cargado al
que lo seguía. Londres me mostraba una miseria que yo no conocía. En mi país
eran tal vez más bárbaros y pobres, pero me atrevía a pensar que más felices.
En Londres yo recordaba las tormentas que limpiaban la pampa y se llevaba lejos
pobreza y pestes. En aquellos barrios, la enfermedad y la miseria se habían
estancado sobre los adoquines.” (p 120-121)[3]
Esta desidealización de la ciudad europea se afirma con la descripción de las
tierras del sur patagónico: “Button amaba su país y estaba orgulloso de la
belleza que yo especialmente alababa; me habían maravillado los ventisqueros,
ríos de hielo que desembocaban en bahías y fiordos, y que con una disposición
entusiasta me mostraba. Una tarde, recorriendo la costa en busca de mariscos,
me detuve a mirar el panorama y le dije en español marcando bien las palabras:
-Hermoso país el de Button, muy hermoso.” (p 97-98)
La inversión señalada en el párrafo
anterior puede percibirse también en ciertas acciones de algunos personajes.
Mientras están viajando rumbo a Inglaterra, Jemmy Button advierte que un marino
de la tripulación caza indiscriminadamente algunos animales de la región lo que
provoca una acalorada reacción del yámana: “Increpaba a uno de los hombres, se
le acercaba a los gritos y retrocedía. Repetía este movimiento. El marino había
cazado una foca pequeña y unos patos pichones. Era el bulto sanguinolento al
que el yámana apenas podía mirar. Cuando se dio cuenta de mi presencia, vino
hasta mí y me habló, gesticulando, a pocos centímetros de mi cara. Con total
claridad, me dio a entender que eso no era posible, que se había cometido un
acto irremediablemente malo, que no se podían matar animales pequeños, crías ni
madres.” (p 99-100)
La mayoría de los viajeros ingleses
que recorrieron el territorio argentino durante el siglo XIX asociaban en sus
descripciones a la llanura con el océano. El alemán Humboldt fue el primero en
utilizar este vínculo en su Personal Narrative al describir los
llanos de Venezuela. A partir de allí, la fisonomía del desierto, vacía de toda
significación, formará parte de este imaginario; y precisamente los escritores
que buscaron claves y pautas estéticas para fundar una literatura nacional a
partir de 1810, se valieron de esta comparación para elaborar sus textos.
Sylvia Iparraguirre retoma esta asociación e inscribe su novela en aquella
tradición decimonónica: “La pampa, que miro a la luz de la luna desde mi
ventana, es una inmensidad que provoca primero una nada y más tarde un sosegado
pavor. Salvo los bárbaros y algunos gauchos, nadie se aventura en ese silencio.
De vez en cuando, tropas de carretas gigantescas, inclinadas hacia la tierra,
cruzan el horizonte como barcos perdidos.” (p 27)
La idealización del paisaje
pampeano, tópico introducido por Esteban Echeverría luego de su formación
europea y adscripción al Romanticismo, también está presente en La tierra del fuego: “Una tormenta en la
pampa, míster MacDowell o MacDowness, es algo que usted no podría siquiera
imaginar en la estrechez de su despacho: uno cree que la casa entera va a ser
arrancada de cuajo, y de golpe todo cesa. Cesan los truenos y los relámpagos, súbitamente
cesa la lluvia y una claridad sobrenatural se abre en el cielo y baña la
llanura con colores tan vívidos y delicados que solo un hombre
extraordinariamente sensible a la luz con su Turner podría describir. La vida
empieza de nuevo, y como en ese primer minutos de la creación, la armonía reina
en las cuatro direcciones de la pampa.” (p 116)
La novela señala el fracaso del
ideal civilizador en dos momentos claves. El primero de ellos, cuando Jemmy
Button desembarca en su tierra luego de tres años de ausencia. Button se
reencuentra con los suyos vestidos con ropas europeas. Nadie parece
reconocerlo. Ninguno de aquellos indígenas expresó sentimiento ni palabra
alguna. Luego de unos momentos de silencio los yámanas regresaron a sus botes y
se alejaron de él. Aquel puente entre Gran Bretaña y los yámanas, el símbolo de
la buena voluntad de los blancos venidos del este, se había desmoronado: “El
peso de esos tres años de desarraigo había caído sobre Button. Seguramente se
sentía tan abochornado por la desnudez de los suyos como por su propia
vestimenta. La larga convivencia con los blancos le había borrado en parte la
desnudez en que vivía su gente y ahora se avergonzaba” (p 185). El segundo
momento está en la parte final de la novela, durante la reconstrucción del
proceso judicial en las Islas Malvinas. Aquí el fracaso es señalado por alguien
del mismo imperio británico, el capitán Parker Snow. Precisamente es este
personaje quien acusa a la Misión Patagónica de ser la responsable de la
matanza de la tripulación de la Allen Gardiner, puesto que los indígenas eran
llevados a la misión en contra de sus deseos y voluntad para ser explotados con
la excusa de evangelizarlos: “El plan de operaciones de la Misión era llevar a
los nativos a la fuerza a la isla Keppel, hacerlos trabajar sin pago, ya que de
allí no podían escapar… ¡Fui despedido sin contemplaciones! No he tenido en
absoluto justicia a pesar de mi reiterado pedido a las autoridades. La sociedad
misionera patagónica junto con el Gobierno de su Majestad son responsables ante
la patria por los actos permitidos ante sus funcionarios y por la matanza de
nuestros compañeros en Wulaia” (242).
Como ya ha quedado dicho en los
párrafos anteriores, La tierra del fuego
se inscribe en la tradición decimonónica de nuestra literatura en cuanto a la
elección de tópicos y procedimientos utilizados en la construcción de un
discurso que corroe la visión eurocentrista sobre la razas originarias
americanas y se inserta en un punto de vista periférico, históricamente
relegado por las potencias centrales, y que se encarna en la voz del narrador.
Mario
D. Foffano
[1] El título completo de la obra de
Fitz-Roy es Narrative of the Surveying
Voyages of His Majesty’s Ships Adventure and Beagle Between the Years 1826 and
1836.
[2] Los
viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina 1820-1850, FCE, pp
83 y 84.
[3]
Todas las citas de La tierra del fuego
pertenecen a la edición de Alfaguara del año 2001.
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